Hace unos años, antes de empezar la universidad, sentía que había una especie de camino ya trazado para todos nosotros.
Estudiar.
Recibirse.
Conseguir trabajo.
Tener estabilidad.
Parecía simple.
Durante mucho tiempo escuché la misma frase: "Estudiá y vas a tener trabajo"
Y aunque sigo creyendo que estudiar es importante, la realidad que encontré al terminar la universidad fue bastante diferente a la que me habían contado.
La promesa de nuestra generación
Crecimos escuchando que un título universitario era necesario para acceder a mejores oportunidades. Nuestros papás y profesores muchas veces nos transmitieron esa idea porque, en cierta forma, para generaciones anteriores había sido así. Tener un título significaba destacarse, pero hoy, la situación parece distinta.
Cada vez más personas estudian carreras universitarias, los mercados laborales son más competitivos y muchos puestos exigen requisitos que resultan difíciles de cumplir para alguien que recién empieza. Y ahí es donde entra...
El problema de la experiencia
A nuestra generación nos tocó terminar la facultad y que al momento de buscar trabajo/ puestos juniors encontrarnos con:
- Experiencia mínima de 2 años.
- Experiencia comprobable.
- Manejo avanzado de herramientas específicas.
Y entonces surge una pregunta bastante lógica: ¿Cómo se supone que voy a tener experiencia si nadie me da una primera oportunidad? ¿O es que directamente ya no hay puestos de trabajo para recién graduados?
Es una situación que seguramente muchas personas de mi generación conocen bien. Terminamos una carrera y descubrimos que el desafío recién empieza, después de tantos años de esfuerzo todavía queda: poder entrar al sistema.
